El lugar estaba desolado, asomaba sus curvas a lo lejos una cordillera de montañas.
Dejo caer su montura, una moto polvorienta.
El zumbido del motor apagado dejo todo en sagrado silencio…
Iba con pantalones de vaqueros desgastados y camisa a
Cuadros,
Se quito la cuerda que sostenía su melena negra, abrió un bolso.
El sol, ya desaparecía, con una efímera luz rojiza, color de su raza.
Saco todo cuanto necesitaba para el ritual.
Sobre la tierra, quedo expuesto con respeto:
Una vasija de barro, una bolsa con hierbas, una flauta,
Pintura blanca en un tarro, un tambor y… las plumas.
Cuando hubo recogido la leña, prendió la hoguera.
Ya era de noche obscura, cuando la luna decidió
Iluminarlo todo con su luz de plata.
Con el torso ya desnudo, en el juego de las sombras,
La piel pintada y el humo de hierba quemada, apareció el Águila.
De las llamas, el olor de lo sagrado inundo su corazón y danzaron la nostalgia, la rebeldía, la resignación y la sabiduría.
Sus rasgos de día tan jóvenes, a la luz de la lumbre lucían ahora ancestrales.
Afino el oído, cogio la kena, echo un puñado más de hierbas en el fuego, puso la vasija sobre una piedra en alto y tras la lumbre sentado,
Espero la llamada, el susurro de los suyos,
Entonando suavemente un canto:
Es. Así es, de donde la mires…
Esa vasija de barro,
Olvidada de mis hermanos.
Tierra, agua, fuego y aire
Dieron a luz esas caderas anchas,
Nobles y generosas.
Toda fertilidad para mis jóvenes sentidos,
Y deleite de mis ancestros.
Toca, Toca Kena sagrada
Para que brote el agua
Con todas sus fuerzas
Vasija de barro quebradiza, maltratada
Tú que distes a luz a todos
Y a todos ellos tan sabios.
Toca, toca flauta mágica,
Tengo en mis manos sus cenizas
Pidiendo a gritos, vida eterna.
Aviva, fuego tus miradas
Brasas incandescentes,
Diamantes en la noche
Desvanece lo inútil,
Del caminar sangriento
Para que el pájaro sagrado
Se regocije tanto el cielo
Como en el barro.
Aun queda tiempo.
El día se llevara las penas,
De todos aquellos resignados.
Toca, toca, pero aprisa
Porque se vuela con el alba,
La esperanza de acariciar
La magia de la vida
Un día, saqueada.
El soplo de mi voz se eleva
Y todo mi ser en un grito.
Regocijo de pacíficos ancianos.
Sentir, sentir manos
El barro de esta vasija recién cocida
Y que al tacto que no marche aun la noche
Que tan celosamente te retiene.
En alto te elevo, para que el cielo te llene
Y yo humilde soporte, descendiente
De esa danza, no sea quien la impida
Por perdida de memoria del amor que os une.
Esperad. Algo llega, ¿de la montaña o es del llano?
¡Que importa de donde! ¡Pero si!
Es… Risa, risa clara y nítida como agua pura.
¿Quién osa reír?
¡Pero si son ellos! Lanza sagrada, nuestros antepasados.
Suena, suena alegre canto
Que la aurora ha traído.
En la tierra quedas vasija,
Tú y ella una sola.
Y hierbas y lamentos,
Porque ya nadie podrá quebrar la vida,
Sello entre Cielo y Tierra
De única hermandad.
Alegría de cada uno de mis bien amados.
Se limpio la faz de la pintura con sus lágrimas y un ungüento,
Guardo las plumas, lo demás fue enterrado.
Recogió su montura y desapareció con el alba.
¡No!, no lo he vuelto a ver, pero si alguno de ustedes ven por allí un indio muy erguido con una eterna sonrisa en la cara, ya sabéis; es el.
Pero sino, hay algo mas.
Podéis ir a un lago, la mirada perdida en el espejo,
Aparecerá un rostro, el de la humanidad,
En el mas bello funeral, el de todas nuestras nostalgias.
Persona Celeste Atalaya – 1992 (cuardernos a mis antepasados)




